Editorial
Oscar Domínguez Verri

“Al fin y al cabo somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”.
Eduardo Galeano

“…Por otra parte (el funcionario) se reunió con el coordinador del Programa Nacional 700 Escuelas (…) a quien le entregó documentación de cuatro proyectos de obras en colegios rionegrinos para que se formalice cuanto antes el correspondiente llamado a licitación. Se trata de las iniciativas que incluyen la construcción de un nuevo edificio para un Centro de Educación Media (CEM) en San Antonio, la segunda etapa del CEM 18 de Allen, la obra del Instituto de Formación Docente de El Bolsón y el CEM 107 de Valle Azul”.
Diario Río Negro, 21 de octubre de 2006


Alguna vez va a suceder. Finalmente el día llegará, y allí estaremos: alumnos, ex - alumnos, profesores, allegados, algunos periodistas; y autoridades, claro. Y se cumplirán los rituales de rigor; será el momento de la ceremonia y del protocolo: Entrará la bandera con su abanderado y los aplausos rebotarán de una manera nueva y extraña contra el cielorraso ¿de yeso? ¿de madera? ¿de fibrofácil? Y las estrofas del himno resonarán un poco más vibrantes contra las paredes recién pintadas y los pisos flamantes.
Alguna vez va a suceder y, cuando suceda – siguiendo el protocolo – se hará uso de la palabra. ¿Quiénes hablarán? ¿En qué orden? ¿Para arriba o para abajo según “la jerarquía”? Y sobre todo… ¿para decir qué? ¿Tendremos que escuchar los previsibles lugares comunes y gastados una vez más? Después de tanta espera, ¿todavía eso? Lo cierto es que al que le toque estar ahí (¿Me tocará estar ahí? Porque alguna vez va a suceder y quién sabe…) algo va a tener que decir. Y llegado el caso, ¿qué habría que decir?
Habría que decir, llegado el caso – porque alguna vez va a suceder – que hay una historia oficial, y que esa historia oficial cuenta que las escuelas argentinas surgieron y se expandieron desde una iniciativa del Estado; que la consigna de educar al soberano fue el influjo supremo a partir del cual a lo largo y lo ancho de todo el territorio se fue diseñando un país, y se fue consolidando un modelo de país.
Pero si se dice esto habrá que agregar enseguida que, en contrapunto con la historia oficial, como siempre, hay otra historia. Y que esa otra historia (que se está reconstruyendo gracias a que los investigadores argentinos no se fueron “a lavar los platos”, como se les sugirió en los ‘90) nos cuenta que en realidad muchísimas escuelas surgieron porque hubo demanda de las comunidades para que se crearan, y porque hubo trabajo de las comunidades; que muchas escuelas del país comenzaron funcionando en casas de familia, y que era la misma gente de los parajes la que hacía los censos necesarios para reclamar la creación de la escuela, y que llevaban esos censos a las autoridades y así lograban que se enviara un inspector, para que a su vez ese inspector planteara la necesidad de la escuela ante los gobiernos, hasta que finalmente aparecía un primer maestro, que en general llegaba a una casa de familia; y que después alguna familia acomodada donaba el terreno en el que iba a funcionar la escuela, y las familias se movían, y conseguían los materiales, y que muchas veces ayudaban ellos mismos en la construcción de la escuela, y que después ayudaban ellos mismos al sostenimiento de la escuela, y se hacían festivales, y se hacían cuadreras, y domas, y asados criollos para juntar plata porque había que ampliar o pintar la escuela.
Y entonces, cuando ese día llegue, cuando el Instituto de Formación Docente Continua de El Bolsón tenga finalmente su edificio, y sea el momento de la inauguración, el momento de la ceremonia y del protocolo, digan lo que digan – antes o después – las previsibles palabras de los oradores de la ocasión, habrá que acordarse de La Casita, de esa modestísima construcción gracias a la cual, mal que mal, hemos podido desarrollar nuestra tarea, y habrá que acordarse de que esa Casita existe gracias al dinero que pusieron los alumnos, y a los aportes que – en madera, aberturas, ladrillos, cemento – hizo la comunidad de El Bolsón, y gracias al trabajo de los profesores, y al ingenio que hubo que desplegar para sortear los obstáculos burocráticos que se nos impusieron en la empresa de que esa Casita fuese realidad.
De estas cosas habrá que acordarse cuando se digan las previsibles palabras, y se corten las cintas, y estrenemos las aulas y los pasillos, y por un rato todos los concurrentes nos sintamos capaces y mejores.